lunes, 24 de octubre de 2011

El recuerdo de Martín en "Colga2"


Un fado lento que dice "ai vida", impregnando los pedazos que quedan de mi entre piel y piel, no sé si es la mejor de las opciones para levantarse de nuevo y seguir.

Si todavía Martín estuviera a mi lado, me hubiera cogido de las manos para ponerme en pie y apoyar mi cabeza sobre su pecho: tenía un latido perfecto, como perfecto era el corte de sus uñas, como perfecto el sonido de su sonrisa, como perfecto era el amor que yo sentía, tan perfecto que vuelve a darme miedo pensarlo, por si también me roban mi capacidad para recordar lo bueno y lo malo de todo aquello.

El porqué, no lo sé, pero sí es verdad que hay días en los que sonríes más que otros, en los que disimulas más que otros, en los que lloras más que otros. 
El porqué, no lo sé, pero he odiado tantas veces esta vida, este dolor que me convierte en un débil susurro de mujer envenenada por un amor sin pretensiones ni disposiciones.
Y a Martín, "el amor y el hombre", también, también lo estuve odiando mucho tiempo, porque aunque yo sabía de todas sus mentiras, dejaban de importarme cuando me besaba.
Ahora, que ya no tengo ni besos ni mentiras, estoy totalmente paralizada entre fados, recuerdos y copas de licor, con esta quietud tratando de encontrar en mi y para mi, el amor que no tuve de otros (lo más coherente, tal vez, para empezar de nuevo, para empezar bien será quererme más que a nadie, y no querer a nadie más que a mi, pero eso es lo que me dice mi coherencia social, mi corazón sigue siendo una república).

Éste podría ser un buen comienzo para empezar mi sesión de Alcohólicos anónimos:
- "Lo amaba. Lo amé y lo amo. Me mentía, y yo creí que cambiaría una y otra vez. Y lo esperé cada noche a deshoras. Y dejé de utilizar mi perfume para ponerme el suyo y seguir oliéndole en sus días de ausencia. Y seguí, en los momentos especiales, preparando el cava o el vino para brindar  a su llegada, por nosotros, y al final, siempre se convertía en borracheras solitarias de alcohol y llanto".


Lucía me dijo que ella se enamoró de un hombre en París, y que tampoco lo ha olvidado, me  sorprendió su historia y mucho más que le hubiera pasado a ella, tan guapa, tan segura, tan inteligente, "tan tanto". Pero ya me dijo, "Lola, tú sabes que a veces, las montañas no son  roca dura, sino acumulación de granos de arena que al primer soplo se tumban".
Su historia parecía la de una trágica película, la típica historia que tocaría empezar muy bien, que por un momento se pone "fea", pero siempre tiene ese final feliz (el que aún, Lucía, sigue buscando; el que aún, a Lucía, no le ha llegado).

Y yo le pregunté que porqué nos pasa esto, porqué nos tenemos que "colgar" de todos los mamarrachos que tienen un máster en provocar soledad e inseguridad: "Cariño, no son ellos, somos nosotras que nos vestimos de cebo, y al final somos cebo, gancho y presa".


Le dije a Lucía: "definitivamente, ya he dejado de pensar que el amor me haya tratado mal, creo sencillamente que no me ha tratado nunca".

(De la novela inédita "Colga2" - Mayte Albores)
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